Enseñanzas teosóficas

Los cuerpos del ser humano y los campos de energía (Enseñanzas Teosóficas 13)

El universo y nuestro sistema solar incluyen siete planos de materia o campos de energía que se compenetran (cada uno cuenta, a su vez, con siete subdivisiones de materia o frecuencia vibracional). Son estos, enunciados de más a menos sutilidad y frecuencia: divino, monádico, átmico, búddhico, mental, emocional y físico. Este último tiene dos subdivisiones principales: el “denso” y otro nivel más sutil llamado “etérico” o “doble corpóreo”. Igualmente, el plano mental (también llamado “manas” por derivación del sanscrito) presenta dos subdivisiones fundamentales: “inferior” y “superior”, que denominaremos “mental”, al mental o manas inferior, y “causal”, al superior.

La totalidad de estos planos están presentes en el ser humano y le proporcionan los componentes y el material que lo configuran, dando lugar a los distintos aspectos o “cuerpos” que lo constituyen. La naturaleza y la esencia del ser humano son, por tanto, divinas, a lo que se hace mención con el término Mónada. Y esta, gracias a las aportaciones de los planos reseñados, se reviste en su encarnación humana de una serie de cuerpos que se clasifican en siete grandes categorías, de mayor a menor densidad: físico, etérico, emocional, mental (mental o manas inferior), causal (mental o manas superior), búddhico y átmico.

Atendiendo a los efectos en el ser humano de la muerte física, los siete aspectos citados suelen ser agrupados en el cuaternario perecedero o “personalidad” (físico, etérico, emocional, mental) y el ternario imperecedero o “individualidad (autoconsciencia) espiritual” (causal, búddhico y átmico).

El término “cuerpos” pone de manifiesto que el ser humano interactúa con las energías de los siete planos citados, cada uno con sus propias características. Son, por tanto, los aspectos o “vehículos” de la consciencia en cada plano y no deben percibirse como si fueran cosas fijas y estáticas. Sabemos que incluso nuestro cuerpo físico está constantemente cambiando, aunque a una velocidad mucho menor que nuestros cuerpos más sutiles debido a su baja tasa de vibración.

Podemos considerar nuestros cuerpos sutiles como ondulantes líneas de fuerza que siguen cierto patrón, modificado a cada momento por nuestras emociones y pensamientos, actitudes hacia la vida y el mundo y formas de reaccionar ante las experiencias. Todos los cuerpos son, en realidad, campos de fuerzas localizados: nuestros focos individuales o concentraciones de energías de campos más amplios en los cuales éstos operan. Cada cuerpo tiene alrededor un campo de energía radiante del cual él es el centro. Estos campos de energía que los rodean son llamados “auras”.

Hablamos de los cuerpos como siendo distintos unos de otros, pero sólo para los propósitos de la exposición, pues ellos no están verdaderamente separados: son interdependientes y funcionan como un todo. Bien sabemos que nunca sentimos emociones sin que haya pensamientos, ni pensamos sin sentir algún tipo de emoción; o que los pensamientos y emociones afectan a nuestro cuerpo físico y viceversa.

Las conexiones entre nuestros distintos cuerpos son los chakras, palabra sánscrita que significa “rueda” o “círculo”. Estos constituyen siete centros de energía principales (y un número de centro menores) distribuidos por nuestros cuerpos sutiles en puntos donde convergen los canales de energía, teniendo la apariencia de una rueda o una flor de loto. Ellos concentran las energías que fluyen a través de los cuerpos y los comunican de un plano de la realidad a otro. Con respecto al cuerpo físico denso, los chakras principales están localizados aproximadamente en la base de la espina, en la raíz de los órganos reproductivos, en el ombligo, el corazón, la garganta, entre las cejas y en la coronilla.

Si bien nuestro campo de energía o cuerpo emocional compenetra al físico, se extiende más allá de éste. Del mismo modo, el cuerpo mental compenetra tanto el físico como el emocional y se extiende más allá de éste último. Estos cuerpos sutiles están fuera del rango de nuestra visión normal, pero son reales. Aquellos que tienen la facultad de la visión clarividente los han descrito. Y cada uno de nosotros experimenta sus energías, los podamos ver de algún modo o no.

El cuerpo causal es más permanente que los otros; es a lo que San Pablo se refirió como “cuerpo incorruptible”. Está compuesto de materia tenue (o energías de mayor frecuencia) pertenecientes al plano mental superior. Nuestra consciencia funcionando en ese plano es nuestro verdadero “Yo”, el aspecto de nosotros que encarna en los cuerpos inferiores para ganar experiencia a través de ellos. Es el cuerpo de nuestra individualidad (autoconsciencia) permanente, siendo esta distinta de la personalidad temporal que se expresa a través de nuestros cuerpos físico, etérico, emocional y mental (manas inferior). Se le califica como causal porque en él se preservan las causas que, tarde o temprano, se convierten en efectos en el mundo externo y visible. Nuevamente, no debemos pensar en este “depósito” en términos de espacio. Las causas no son cosas, sino posibilidades vibratorias. El cuerpo causal es el repositorio permanente del tesoro que hemos acumulado a través de nuestras experiencias de pensamiento, sentimiento y acción en nuestros cuerpos inferiores a lo largo de nuestra cadena de vidas o reencarnaciones.


Fuente: Capítulo IV del libro “Teosofía, Curso Introductorio”, de John Algeo

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