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La libertad que necesitamos

En este artículo Sri Ram hace un profundo análisis del significado de la libertad. El autor nos invita a examinar un tema tan común pero tan filosófico al mismo tiempo desde un punto de vista profundo y renovado. Este artículo fue escrito para la revista “The Theosophist” a principios de los años 60, pero por su frescura y vigencia parece escrito en nuestros días. 

Existen dos clases de libertad: la libertad de que la gente habla generalmente y una clase distinta de libertad. Cuando un hombre está perturbado, quiere librarse de la situación que causa tal perturbación. Si me encuentro en una situación que no me agrada, mi reacción será salirme de ella lo antes posible. De modo que cuando hablo de libertad, se trata simplemente de una reacción a una condición particular, un deseo de escapar a esa condición. La libertad que se busca es parcial, en realidad no es libertad ya que la nueva situación tendrá también sus problemas. La otra clase de libertad a que nos referimos es la que está dentro del propio corazón, desvinculada de las condiciones externas. Si existe esta libertad interior se puede estar encerrado entre las cuatro paredes de una prisión, pero aún allí se experimentará libertad, que es realmente felicidad.

Durante las décadas pasadas ha habido un acrecentamiento de libertad social; esto es, libertad del individuo en relación con la sociedad. En muchas partes del mundo hay mucha más libertad para que el individuo viva su vida a su manera sin imposiciones de otros. Entre otras cosas, hay ahora más libertad para la mujer. Pero todo esto no impide el conflicto entre un individuo y otro. Tampoco borra los conflictos del propio corazón. Hay libre juego para todas las fuerzas que causan nuestro sufrimiento. Hay un armazón de orden en el propio individuo o en la sociedad, pero dentro de esa armazón hay caos y tanto dolor como libertad, porque pese a la libertad exterior, no experimentamos paz en la mente o felicidad porque ambas dependen de la libertad interna. Hay una libertad que se experimenta en el propio proceso de sí mismo, tal la que se expresa en nuestro pensamiento y sentimiento con respecto a la gente y a las cosas. Tomemos por ejemplo cualquier cosa que pueda molestarnos, hay una manera de pensar sobre eso que nos hace sentir mal, que da lugar a mayor pena, pero puede haber un modo distinto de apreciarlo, una actitud diferente, con la cual podremos experimentar paz y felicidad. Necesitamos percibir esta importante verdad en relación con todo lo que puede afectarnos.

Lo que llamamos felicidad o goce es, por lo común, una simple reacción o excitación. Es como el fuego en la hierba o en los matorrales que arde con rapidez reduciéndose enseguida a cenizas. Tenemos la terrible excitación de la guerra. Por supuesto que la guerra cosecha agonía y muerte, pero la mente humana está acostumbrada a mirar solamente lo que quiere mirar. De inmediato, está la excitación, luego la agonía. No miremos lo desagradable, aprovechemos la excitación. ¿No es ésta por ventura la actitud de la mayoría de nosotros con respecto a un placer inmediato, a un estímulo agradable? Necesitamos librarnos de todas las fuerzas internas que nos causan pesadumbre, que crean complicaciones y conflictos. Eso es lo que nos impide ver las cosas tal cual son. Solamente en un estado de libertad interior, que es la libertad de la conciencia humana frente a toda compulsión, sea ésta externa o interna, puede haber libre albedrío.

ORDEN Y LIBERTAD

En un estado o sociedad, el individuo no puede ser completamente libre, porque tiene que considerar a los demás. Tiene que someterse a ciertas normas externas. No podemos decir: “soy libre, voy a conducir mi automóvil a contramano”. Tenemos que actuar de acuerdo con una norma que exige conformidad general. El orden que aparentemente es algo opuesto a la libertad, es necesario en la vida. Donde no hay orden, hay anarquía. En un estado de anarquía o desorden, el fuerte domina al débil, de modo que la libertad que se puede disfrutar al principio, termina rápidamente. El hombre tolera cualquier clase de orden antes que al caos. Por esto cuando hay disturbios en un país se proclama un dictador que pronto se convierte en héroe. Y la dictadura mata la individualidad de la gente. El orden es necesario, pero el orden puede transformarse en tiranía.

El único objeto del orden tendría que ser el mantenimiento y promoción de la libertad del individuo sin que ésta sea en detrimento de los demás. Es en el individuo donde está la posibilidad de variación y progreso. Una nueva idea debe originarse en un cerebro individual. Necesitamos un orden mundial lo cual significa que debe haber una autoridad para controlar en alguna forma los procesos mundiales. Pero ese control tiene que ser ejercido de tal modo que, las culturas particulares de los diversos pueblos no resulten disminuidas o sofocadas en su individualidad.

Pero aún sin ningún control desde el exterior, perdemos libertad por un proceso de respuesta mecánica inconsciente a las cosas e influencias externas. Nuestras mentes se han ido organizando de acuerdo con el medio ambiente y a las influencias que éste ejerce. Verdaderamente sólo un hombre muy inteligente puede mantenerse ajeno a esas influencias. Cuando todos los que nos rodean quieren la guerra es en extremo dificultoso no ceder a ese impulso y unirse a los que claman por el movimiento bélico. Pero el Adepto o el Ser liberado mantienen su integridad sean cuales fueran las circunstancias. Liberarse de la presión del medio, de las influencias que nos rodean, esa es la verdadera libertad.

Soy hindú de nacimiento, mi pensamiento está de acuerdo con las ideas hindúes, pero si hubiese nacido en un país musulmán, sería probablemente un devoto musulmán que juraría por el Corán. Si hubiese nacido en Rusia podría haber sido un comunista. Cuando la mente se modifica de cierta manera, sólo puede actuar de acuerdo con el factor modificador y no de otro modo. Si una persona tiene una actitud mental e ideas encuadradas dentro del catolicismo romano, puede poseer un claro cerebro y argumentar con brillante erudición, pero todo el movimiento de su mente se maneja dentro de esos límites bien definidos. Debemos darnos cuenta de que todos estamos influenciados en mayor o menor grado. Las mentes de todos nosotros operan bajo severas limitaciones. Tal vez no lo percibamos porque estamos acostumbrados a esas limitaciones y hasta las apreciamos. El hombre que ha estado largo tiempo en la cárcel no tiene deseos de abandonarla. Las paredes de la prisión son familiares para él. El amplio mundo exterior le resulta extraño y prohibitivo. Siente que hay una cierta seguridad en su prisión con la disciplina que allí existe. La verdadera libertad consiste en estar exento de limitaciones, sean las que fueren las condiciones externas.

EL ESTADO ORIGINAL

Cuando la mente está por completo libre de limitaciones está en su estado original, sin modificación alguna, no en un estado en que se han implantado firmemente varias ideas, donde se ha levantado un armazón o mecanismo rígido. Es el estado original de conciencia, lo que llamaríamos su naturaleza básica, que es precisamente expansión pura. Para emplear un término científico, es un continuo puro. Es un estado de sensibilidad como un espejo perfecto, sin la menor tendencia a la distorsión. Si se logra tal estado de la mente, no se necesita que nadie tate de definir la verdad porque el espejo refleja todo lo que existe tal cual es, sin la menor coloración, distorsión o ilusión. Esta es una verdad que puede ser percibida por cada cual por sí mismo. Esta cualidad de poder reflejar todas las cosas internas puede llamarse negativa ya que implica una condición de quietud, pero eso no significa que uno no pueda pensar. Pensar involucra la creación de imágenes. Pero es posible pensar sin alterar ese estado fundamental, esto es, pensar de acuerdo con la verdad de las cosas.

Todos estamos, y démonos cuenta de ello, en un estado más o menos fuera de lo natural. Nos hemos vuelto artificiales en muchas cosas. El mundo ha resultado demasiado para nosotros. Nos ha conformado a su propia imagen, pero es en el estado natural original que se encuentra esa verdad que llega sin ser buscada y esa felicidad que fluye desde adentro. Es la experiencia del propio fluir de la vida. No se busca la felicidad, ni siquiera se piensa en ella, pero se vive de una manera que de por sí entraña felicidad. No depende de nada exterior. En ese estado se ayuda, pero no se dice: “voy a ayudar a tal persona”, sino que se ayuda espontáneamente porque eso sale en forma natural. Uno es, entonces, uno mismo y no trata de ser otra cosa.

Este estado de libertad interna es la meta, el destino de todos los seres humanos. Es la recuperación de nuestra propia naturaleza, y solamente podemos lograrla mediante un cambio que llega si prestamos atención a nuestros propios pensamientos, sentimientos y acciones sin que los mismos constituyan motivo de preocupación para nosotros. A medida que realicemos esto, comprobaremos que nos volvemos cada vez más objetivos hacia lo que ocurre. Este estado de objetividad es el estado de la verdad. La conciencia pura no se ve arrastrada al pasado ni sueña en un futuro que es simplemente un reflejo de aquel pasado. El punto focal, la punta de flecha de la conciencia, en el momento actual puede prestar atención a todas las cosas que tiene ante sí. Sin inhibiciones, sin urgencias de previas experiencias, desentendida de las cosas que le rodean, la conciencia puede conservar su equilibrio y libertad, reteniendo de este modo su pureza. Esta es la libertad que realmente necesitamos. Cuando la obtengamos encontraremos en ella la verdadera moral, la virtud y muchas otras cosas. También estará allí la verdad. Esta libertad interna es la madre de todas las gracias.

Publicado en la revista “EL TEÓSOFO” (Argentina), en septiembre de 1963.

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